Kato… o mi experiencia como Dra. Frankenstein

¿Alguna vez te hablé de Kato y de cómo y en qué circunstancias nos hicimos tan amigos?
No?!
Bueno, te voy a contar.
Aquél día volvía yo con cierta desazón de la Escuela Vial. La Escuela Vial es aquella en la que los conductores de vehículos de la ciudad rendimos el examen de conducción, tanto teórico como práctico, luego de un par de clases sobre la Ley de Tránsito y otras normativas.

Venía cabizbaja, como dije, bajo una lluvia finita y fría.
Había aprobado ambas etapas del examen. Pero lo que me tenía mal era que, con una experiencia de manejo de 18 años, la parte práctica no fue “pan comido” para mí.

En estacionamiento estuve muy bien, sorteando los conos, super prolija. Pero una rotonda pequeña, a la que los aspirantes teníamos que recorrer sólo en reversa, fue mi talón de Aquiles y me costó bastante realizar la tarea.

El instructor no tuvo demasiado problema en aprobarme. Después de todo, uno no hace jamás grandes trayectos en marcha atrás y menos en redondo. Y tampoco es que fui un desastre, haciendo cosas como subirme a los canteros y atropellar peatones imaginarios o algo así.

Pero, como de costumbre, yo no me perdonaba el error.

Volvía en este estado emocional que te dije y con esa persistente lloviznita pegándome en la cara desagradablemente cuando, a un costado de las vías del tren, entreverado en las campanillas azules que se ensortijan en el alambrado, vi sobresalir algo. Un objeto cuya forma de pera llamó mi atención.

Como lo extraordinario sucede cuando menos te lo esperás, me desvié unos pasos para ver de qué se trataba.
Estiré una mano para tomarlo y noté que era un objeto tejido en lana. Empapado y sucio como se encontraba, me tembló todo el cuerpo cuando al tacto noté que respiraba.

“Qué yo no sepa qué es, no significa que deba dejarlo aquí tirado”, me dije pues, a mi criterio, estaba indefenso y expuesto a peligros climáticos y/o de la vía pública.

Así que lo recogí y llevé a mi casa. Su respiración, agitada en el trayecto, se calmó. Cuando tomé confianza, lo lavé con cuidado, mientras le hablaba con frases tranquilizadoras.

No tenía idea de qué hacer con él. Sin boca, no sabía si tenía que regarlo, ni cómo y con qué alimentarlo. Lo dejé en mi mesa del taller. Y, mientras yo trabajaba, ahí estaba. Respirando.

Esta fue la primera foto que le tomé:

 

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A medida que yo tejía muñecos y él me acompañaba en silencio, me sentí llamada a ayudarlo a resolver su corporeidad. Me puse en campaña para dotarlo de ojos, extremidades y demás características humanas habituales.

Así comencé un atareado proyecto, que fue lo más parecido al del Dr. Frankenstein.

Y, conforme le iba proporcionando estas soluciones, notaba cada vez más claramente que, lo que creía que eran pensamientos inspiradores por la estimulante tarea, eran nada menos que mensajes telepáticos que recibía de Kato. Así ya lo había bautizado yo, por supuesto.

Durante horas, días y semanas convivimos en mi taller. Me di cuenta que no precisaba alimento como nosotros. Charlábamos, sin hablar, de los temas que se nos ocurrieran, de esos que no hablo con otras personas: desde espiritualidad o la amistad hasta de los comediantes y músicos que me gustan. Y nos reíamos mucho.

Cuando me desocupaba de algún pedido, continuaba mi oficio de Yepeto con él. Y así fue adquiriendo esta apariencia:

 

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Y, por último, esta:

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¿Por qué un ojo enfieltrado y otro de vidrio? Fue un pedido suyo, cuando me vio hacer el Marilyn Manson Amigurumi.

El gancho en lugar de mano me pareció ideal ¿Acaso, a veces, no queremos sujetar firmemente algo y con los dedos no basta? (las bolsas del super, por ejemplo, que se te clavan en las articulaciones!!).
Como broche de oro, le cosí yo misma, a mano, el bermudas de jean y la remera.

 

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Fuimos “pan y mantequilla”, como quien dice. Hasta que un día, Kato me avisó que se tenía que ir. A dónde, no sé, no le pregunté.
Mirá que yo tengo mi lado bien convencional! Podría haberle hecho un dramón y echado en cara una especie de “desagradecimiento” de-su-parte, después de tanto empeño de-mi-parte en rehabilitarlo para la vida en sociedad. Pero, por suerte, ya tenía aprendido cuánto mejor es dejar que los demás sean libres. Al menos, si es lo que pretendo para mí, no hay modo que le exija a los demás otra cosa.

Se despidió dándome las gracias. Me contó que él no precisaba todos los accesorios que yo le había colocado encima para parecer un niño. Pero que el afecto que había sentido a través de mis manos le había hecho revivir.

Ahora estaba dispuesto a retomar su camino, aquél que el abandono de quien lo tejió dejó trunco. Le dí un beso muy fuerte en su “mejilla”.

Mientras calentaba el agua para tomar unos mates, por algún lado se fue y no lo encontré más. No me costó acostumbrarme, porque a diario recibo noticias suyas a través de transmisiones mentales.

Por lo que entendí en videos de Youtube, está en otra dimensión. Él me ve, pero yo a él no. Como esos niños que viven en nuestras calles. O los adultos sin casa que están acostados por ahí, que tienen una vida cargada de experiencias que no vemos, más bien porque no queremos.

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Tenemos un sentido de lo bello, de lo normal, lo que vamos a tolerar y lo que no. Y llega un punto en que gran parte de la Creación queda confinada a una suerte de universo paralelo, enorme, ubicado justo fuera de la percepción sensorial del resto, por indiferencia y negación.

¿Nos interesa solucionar nuestra incapacidad para dar lugar a lo “distinto” o “marginal”? Animate a escribirme, me encantaría saber tu opinión.
Un abrazo,

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  • Gabriela Figueroa (28 noviembre, 2016)

    Eres maga con las manos y con las palabras.
    Si yo hubiera sido tú, sí le armo el dramón. Soy de las que se apegan con esa mala manía de posesión, sin saber que lo que llega, llega por sí solo como Kato. Y que cuando se van, jamás se terminan de ir.

    ¡Maravilloso!

    • Gaby Pez (29 noviembre, 2016)

      Bueno, Gaby, el desapego se trabaja y, con voluntad, se consigue. Pero es preciosa tu manera de definirlo. Muchas gracias por tu comentario! Un abrazo grande! Gaby

  • Tibisay Gutiérrez (29 noviembre, 2016)

    Me gustó mucho la historia, porque deja al desnudo ese egoismo natural con el que nacemos y del que tenemos la misión de desprendernos si queremos trascender. Y sí, haces maravillas tambien con tus manos , que femenino, que sensible, que bello.

    • Gaby Pez (29 noviembre, 2016)

      Muchas gracias, Tibisay, por leer el post y comentar. Y por tus palabras, tan profundas y cálidas. Ojalá nos animemos a actitudes de mayor solidaridad y aceptación hacia los demás, así como son. Un abrazo grande!

  • Nazaret Barreto (29 noviembre, 2016)

    Brindo por todos lo Katos que llegan y se van, que despiertan a su paso nuevas emociones, intenciones y nos facilitan el desapego. Por los Katos que aún teniéndolo todo, nos permiten darles más porque eso nos enriquece y sana nuestra autoestima.

    Me encantó leerte, Gaby. Un abrazo.

    • Gaby Pez (29 noviembre, 2016)

      Salud, Naza! Brindo con vos por eso! Un abrazo y muchas gracias por dejar tu opinión por aquí! 😍

  • Lou (29 noviembre, 2016)

    Estoy aún sobrecogida por esta bella historia de amor.
    Gracias por dejarle ir, por mostrarnos ese dejar ir.
    Un abrazo Gaby.

  • Mercedes (8 diciembre, 2016)

    Que linda manera de ¨hacer ver¨, a los invisibles, a los excluidos del sistema. Muy bueno Gaby!

    • Gaby Pez (9 diciembre, 2016)

      Muchas gracias, querida Mercedes. Un beso grande!

  • Isabel (6 febrero, 2017)

    Como me agradó que puedas darle vida a ese ser tan especial. Tengo el pecho apretado de ver los “visibles” que encuentro en nuestras calles. Espero que puedamos darle el afecto que necesitan y que no pierdan su dignidad. Un cariño enorme.

    • Gaby Pez (9 febrero, 2017)

      Comparto tu sentido pensamiento, Isabel! Muchas gracias por dejar tu comentario.
      Un beso!
      Gaby Pez

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